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Sábado, febrero 2nd, 2019

Júlia Peraire, la musa definitiva

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La figura de Júlia Peraire i Ricarte (Sant Martí de Provençals, 1888 – Barcelona, 1941), modelo desde 1905 y esposa de Ramon Casas en 1922, ha ido tomando tímidamente en los últimos años el lugar que le corresponde dentro de la producción artística del pintor, gracias a la identificación y toma en consideración de más de un centenar de retratos, entre pinturas y dibujos, que vienen a señalarla como la musa definitiva de Casas, a la altura de lo que fueron Saskia para Rembrandt, Aline para Raimundo de Madrazo o Gala para Dalí. Sin embargo esto no siempre ha sido así, y conviene recordar que nunca en vida de Casas se la citó por su nombre ni aun por sus iniciales en los títulos de las obras expuestas —como era costumbre en el caso de los retratos de particulares—, y que mientras Josep Maria Jordà, amigo y primer biógrafo de Casas, no le dedicó a Júlia ni una sola línea en su libro publicado en 1931, Alberto del Castillo en su biografía de 1958 solo se ocupó de ella en el capítulo dedicado a «la plena decadencia»  del artista.

Júlia sosteniendo un frasco de perfume. Carboncillo y sanguina sobre papel, c. 1906
Júlia sosteniendo un frasco de perfume, c. 1906. Carboncillo y sanguina sobre papel

Teniendo en cuenta la calidad de sus retratos, resulta paradójico que toda la producción de Júlias se haya enmarcado dentro de la considerada por muchos «època dolenta» del pintor, que a grandes rasgos coincidiría con el abandono de la pintura de la crónica social, tras las recompensas oficiales obtenidas por La carga, y de las figuras de parisinas desclasadas que tanto agradaron a Raimon Casellas, que es el primer crítico que advierte, con indignación, los nuevos rumbos tomados por el pintor. Así lo expresa en su reseña de la V Exposición Internacional de Arte de Barcelona (1907), donde se expusieron por vez primera dos retratos de Júlia: La Flora (Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana) y La Sargantain (Cercle del Liceu de Barcelona):

Mireu en Casas d’avuy y compareulo ab el de pochs anys enrera. Aleshores ara’l pintor indiferent de les realitats quotidianes; ara és l’artista arranjador de les situacions selectes. […]Y adhuc les figures posades per la modela d’ofici [Júlia], guarnides com van de brillantes teles, presentades com son en fantasiosa actitut y embaumades ademés de gentil coquetería, reveien ben a les clares l’esforç intim d’embellir, de refinar les humils contingencies de l’existencia vulgar. (La Veu de Catalunya, 5/VI/1907).

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La flora, c. 1906. Óleo sobre tela. Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana

En la línea de Casellas se han expresado después Folch i Torres, el citado del Castillo, Pla, y más tarde Fontbona y Alcolea Albero (1990), quien llega a afirmar que en su última época «opta por lo que le parece más fácil y cómodo. Pinta y repinta a Julia Peraire y, cosa peor, Casas, antes refinado, urbano y hasta para algunos decadente, se torna paisajista rural». Más recientemente, en la exposición antológica de 2001 Cristina Mendoza se refiere a La Sargantaincomo su última obra maestra, y justifica que «s’ha optat en aquesta mostra per insinuar-ne la producció tardana i insistir, en canvi, en les obres que merescudament van convertir Casas en el millor pintor del modernisme», criterio idéntico al seguido en la exposición central de 2016 por el 150º aniversario del nacimiento de Casas: Ramon Casas. La modernidad anhelada, en la que fueron obviados nuevamente los últimos veinticinco años de producción del pintor. Sin embargo conviene insistir en la validez e interés artístico de la obra realizada por Casas en su última época, y particularmente en los retratos de Júlia, tal como razonaba otro biógrafo de Casas, Josep F. Ràfols, en una carta de 6 de marzo de 1958 a Ainaud de Lasarte, director de los Museos de Arte de Barcelona:

«Quizás el contraste entre la época buena y la época mala de Casas aparece excesivamente marcado [en la biografía de Alberto de Castillo]. Quizás de este contraste, si queremos ser totalmente justos ya no deberíamos hablar. También, quien más quien menos, hemos insistido en recordar que a Casas le gustaba comer bien y beber. Esto, es cierto, contribuyó a su decadencia artística, pero no le impidió reproducir (incluso en sus postreros tiempos) unos rostros de gran expresión en los retratos de Júlia más conseguidos». (Arxiu Nacional de Catalunya).

 

Para finalizar el repaso por la fortuna crítica de Júlia, hay que reconocer el salto cuantitativo que supuso para su conocimiento y apreciación las noticias e imágenes contenidas en el catálogo razonado de Ramon Casas por Isabel Coll (1999, 2002), donde la última época de Casas es tratada sin caer en los prejuicios de antaño; así como las novedades sobre la biografía de la modelo contenidas en el apartado «Las mujeres de Ramon Casas» del catálogo de la exposición L’encís de la dona(2007), de Mercedes Palau-Ribes con la colaboración de Josep de C. Laplana. De 2013 data el documental Júlia, de Emiliano Cano, que recoge una investigación sobre el personaje publicada más tarde en la revista Goya: «Júlia Peraire, “bitlletaire” y musa de Ramon Casas» (2018). Por último en 2016 se presentó en el Cercle del Liceu de Barcelona la exposición Júlia, el desig, donde su comisaria Isabel Coll traza una visión muy personal del personaje y sus circunstacias, logrando reunir además una gran cantidad de retratos de Júlia —a pesar de que media docena de ellos se correspondieran realmente con los de otras modelos.

Emiliano Cano Díaz



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